Urbanismo y ciudad a la luz del pensamiento filosófico
por Juan Carlos Mansur
“El hombre es en su más
profunda esencia, un constructor de ciudades”.
El hombre tiene un deseo
natural de reunirse y formar ciudades para habitarlas y satisfacer sus
distintas necesidades. La ciudad es reflejo de nuestra forma de entender la
vida, son lugares de encuentro entre personas con distintas actividades que van
a la búsqueda de propósitos comunes. En ella se reflejan y entran en comunión
todos lo modos de ser del hombre y su forma de entender el mundo. El diseño de
las ciudades, sea elaborado por los urbanistas y arquitectos o construido de
forma vernácula por sus habitantes, busca llevar a cabo esta conformación
espacial, ayuda a encarnar estas formas de vivir y diseñar los espacios de
acuerdo a las necesidades y posibilidades con la intención de mejorar y hacer
posible la convivencia y armonía entre sus habitantes, de acuerdo a
proyecciones ideales que se plantea cada cultura, cada comunidad.
En las ciudades queda expuesta
nuestra vida pública y privada, la vida religiosa, la comercial la educativa,
en ella está reflejada nuestra forma de comprender lo justo, la economía, la
diversión, el descanso, el trabajo, en ella se marcan las jerarquías y
prioridades para los géneros, para las distintas edades, o para los diversos
estratos económicos, de la misma manera en las ciudades habitan diversas
culturas, con distintos intereses religiosos, la ciudad la conforman también
sus migrantes y el vínculo con otras ciudades. Así, la ciudad conforma y une,
pero también distingue y acentúa cómo nos entendemos, pues en la ciudad se da
la confluencia de culturas e ideologías, sea que esté conformada por los grupos
originarios o por los migrantes que buscará lograr una idea de perfección a la
cuál la comunidad aspira, así, una ciudad bien constituida, no es aquella que
se define únicamente por el mobiliario urbano que la compone, ni por la
fragmentación física del espacio sino por la posibilidad que tienen sus
integrantes de “habitarla”. De ahí la riqueza y complejidad para hablar del
diseño de las ciudades, pues la tarea implica comprender el espacio desde una
realidad que va más allá del espacio físico. La misma existencia física del
espacio y del tiempo como única forma de entender los espacios arquitectónicos
es cuestionable, pues la espacialidad y temporalidad no son vividas por el
hombre como realidades físicas objetivas: el espacio y el tiempo se modifican
desde la vivencia que tenemos de los entornos. Leer el habitar únicamente desde
la espacialidad física, supondría que vivir en la ciudad y habitarla es
cuestión de “ocupar” un espacio, aún y cuando no se logre estar integrados en
la comunidad y el entorno en el que se vive, por esta razón, el espacio en las
ciudades debe comprenderse como el resultado de una actividad creativa
configuradora, más que como una realidad física objetiva y medible,[1] pues
ésta nos habla de espacios neutros, uniformes, sin valor, que no generan
habitar, “el espacio así entendido (el de las matemáticas) no contiene espacios
ni plazas, en el espacio de la física y matemática no encontraremos nunca
“lugares”, entendiendo por ello cosas del tipo de un puente, antes bien “en los
espacios que han sido aviados por los lugares está siempre el espacio como
espacio intermedio, y en éste, a su vez, el espacio como pura extensión”. p.
137 s.151. afirmaba Heidegger, cuando la realidad es que los seres humanos
vivimos los espacios como formas simbólicas, cargadas de sentido, diversas, que
nos permiten marcar jerarquías, lo mismo que nos permiten hablar de espacios
privados y públicos, cerrados y abiertos, o hay espacios que suscitan distintas
actitudes y deseos, según la forma como se configuren. Algo que nombra Alfonso
López Quintás como ámbito,[2] expresión que surge de una contraposición a las
realidades objetivistas, esto es, a realidades delimitadas, perfectamente
configuradas, mensurables, opacas, apenas dotadas de poder de iniciativa,
sometidas a modos de espacio-temporalidad precarios, por el contrario, el
ámbito no lo conforman objetos medibles, de hecho los ámbitos se dan a
condición de que no los veamos como objetos. En su aspecto positivo, ámbito es
definido como algo que es estructural, dinámico, abierto, que responde a la
apelación de otras realidades e interfiere
con ellas, lo que da resultado a una realidad nueva, irreductible,
originaria.
El espacio se percibe con
herramientas distintas a las reglas y las escuadras, la ciudad se mide con
nuestra corporeidad, con nuestra piel como ha dejado ver Johani Palasmaa
intenta llevar la percepción de la arquitectura más allá de la visión y la
entrega a la piel y de toda la corporeidad, la primicia del mundo háptico, le
llama,[3] lo mismo que con nuestros cinco sentidos, como expresa Jan Gehl,
cuando habla de la forma de vivir la ciudad desde sus colores, figuras, olores,
desde su gusto. La ciudad se mide con nuestra historia y cultura, con nuestras
intenciones; la lejanía y cercanía de los espacios está en buena medida en
relación a la proximidad que determina el hombre con sus intencionalidades y
que ya ha expresado Edward Hall con la expresión “proxemia” en su reconocida
obra La dimensión oculta.
El espacio físico es inerte e
indiferente y no hay seres humanos que sean indiferentes a los espacios, éste
siempre nos afecta y estamos en un continuo acto de conquista, “El hombre no
vive estáticamente, pasivamente, en un espacio; se inserta activamente en un
ámbito, configurándolo y tensionándolo con todo el dramatismo de su
existencia.” (LQ p.205), más aún esta capacidad de ordenar es lo que le da el
sentido de vida al ser humano: “Sólo conformando ámbitos y confiriendo sentido
al entorno puede el hombre dar la necesaria ordenación a su vida.” (LQ p.205).
Así, el hombre hace de los espacios físicos, espacios habitables y una forma de
vivir de acuerdo a la forma en que viva los espacios, pues el hombre “habita”
los espacios, no los ocupa. La Arquitectura no tiene que ver con un espacio
físico objetivo, sino con el espacio vivido, entendiendo por este, no un
espacio que ocupen seres vivos, cuanto un espacio que adquiere una dimensión de
vida, “se trata de un espacio real visto en todo su dinamismo como medio en que
se desarrolla, a lo largo del tiempo, la vida humana con su multiplicidad de
vertientes y perspectivas” (LQ p. 207). Las expresiones de ‘espacio vital’ no
se refieran a un aspecto físico que se pueda medir y calibrar, el término
espacio libre se usa tanto para un almacén o un autobús lo mismo que tiempo
libre son ámbitos de posibilidad que se abren en un entorno localizable y
definido tanto cuantitativa como cualitativamente, pero “Tener espacio vital no
equivale a encontrarse en franquía ante un mero vacío de cosas opacas, sino
ante la posibilidad concreta y precisa de fundar un campo de posibilidades.”
(LQ Estética de la creatividad p. 184), por esto hay que comprender el valor
antropológico del espacio y no pensarlo como una realidad física manipulable al
antojo del urbanista o del arquitecto, cuanto como una realidad que debe ser
interpretada para saber cómo configurar los espacios, para que sean reflejo de
las formas como vivimos los espacios.
Las ciudades tienen que ver
más con el espacio vital,[4] el espacio vivido, cuyo logro constituye la meta
de toda labor arquitectónica y urbanística, y se distingue netamente del
espacio físico por su carecer cualitativo y heterogéneo y por su ordenación en
torno a un punto medular, pues la Arquitectura delimita de acuerdo a la
vivencia que genera y no a la realidad física que la conforma: “Lo que delimita
la obra no es una realidad externa a la misma, sino su dinamismo interno, el
despliegue de energía que la constituye en lo que es al conferirle una interna
autosuficiente unidad”. (LQ p. 187). El habitar supone una forma de vivir los
espacios, espacio vivido implica distintos elementos, dentro de ellos se cuenta
con el encuentro con otros hombres o con el mundo que lo rodea. En este sentido
no se puede afirmar que la realidad física del espacio determina la conducta
humana, aunque sí la influye poderosamente, no existe una respuesta automática.
La arquitectura es la proyección de nuestra forma anímica de actuar, es
espíritu, cobra dimensión espiritual. En su vivir intencional, el hombre hace
de un espacio físico neutro un lugar en donde despliega su existencia, de aquí
se deriva el alto valor antropológico de ciertas categorías y esquemas
espaciales, tales como dentro-fuera, arriba-abajo, interior-exterior, cuyo uso
encierra grandes posibilidades y abisales riesgos” (LQ p. 207). Así, las
referencias existenciales del ser humano se traducen en términos espaciales,
aunque en el fondo son reflejo de una interpretación y hermenéutica como por
ejemplo, hablar de horizonte, altura, interioridad, profundidad, amplitud,
envergadura, no se refiere necesariamente a un aspecto físico, cuanto de la
forma como lo vivimos.
Lo anterior permite entender
el sentido de expresiones “metafóricas”, pero que hablan de nuestra vivencia de
habitar los espacios como son las expresiones “tener lugar en una reunión”,
“tener puesto en una asamblea”, que no se refieren a un “ocupar” físicamente un
espacio cuanto a la realidad de hacerse dueño del espacio y del tiempo, lo cual
supone una actividad viva del hombre, que acepte involucrarse con las cosas y
desempeñe su papel con ellas. La generación de un ámbito no depende de la
realidad física, cuanto del hombre que lo gana y lo conquista mediante sus
actos creativos. Un ámbito acoge a alguien cuando éste es fruto de un acto suyo
de creación. Por esto, la expresión “necesitar espacio” alude a la “necesidad
de desplegar la existencia a través de una línea ininterrumpida de creación de
ámbitos”. (LQ Estética de la creatividad 184), así, “Cuando un pensador es sensible
a la dinámica de despliegue de la personalidad humana, concede ineludiblemente
gran importancia a la actividad creadora de ámbitos”, (LQ p. 184). Hay vivencia
espacial según culturas, es diferente la forma como vive el espacio y la
proximidad la cultura Anglosajona que la latina, y esta es diferente que la
cultura árabe o la oriental, tal como lo ha puesto de manifiesto Hall, la
dimensión oculta. De la misma manera, el uso que se da a los espacios mediante
los símbolos establece códigos de habitar diferentes entre unos y otros. Hay
culturas que habitan desde el silencio, otras disfrutan de hablar alto y no se
inconforman con el ruido de los vecinos.
Pensemos en el caso de
ciudades mal planeadas, porque sus construcciones y avenidas, su carencia de espacios
públicos generan asfixia y no-encuentro del hombre con el entorno ni con otros
hombres, es decir, son ciudades que no dan posibilidad de campo ni de acción,
El urbanista que no sepa leer está intencionalidad de los espacios podría
llegar a generar conflictos dentro de las ciudades pues no atiende a la forma
como vive y apropia el espacio el ser humano, tenemos casos en los que queda
visto cómo el aislar a los ancianos es condenarlos a la muerte, la vida de los
migrantes es un tema especialmente importante en el diseño de las ciudades pues
los ghettos generan estos espacios de creatividad o de reclusión. Esto apunta a
la idea de sentido, punto de suma importancia para el Arquitecto y el
Urbanista, pues su actividad es la que permitirá dar sentido y encontrarlo en
su entorno. Ahora bien, el sentido no surge como un acto mecánico en el que las
cosas generan sentido al sujeto, el hombre debe aportar algo para ganar el
sentido o entrar en comunión de sentido con las cosas, “…Tal sentido debe ser
captado y revivido por el hombre que habita un espacio si éste ha de ser en
rigor “habitable” y producir equilibrio y sensación de paz, sin provocar un
relajamiento disolvente del ánimo.” (LQ p. 204), puntos sobre los que
reflexiona ampliamente Jan Gehl en su obra La humanización de los espacios
urbanos, y si bien no afirma que la arquitectura determina la actividad humana,
si considera que los arquitectos y los urbanistas pueden influir en las
posibilidades de encontrar, ver y oír a la gente, unas posibilidades que conllevan
una cualidad en sí mismas y llegan a ser importantes como telón de fondo y
punto de partida de otras formas de contacto.” (Gehl p. 21).[5]
Un urbanismo acertado debe
generar condiciones de habitar, lo cuál supone en primer lugar, el encuentro, que
implica a su vez un orden, una unidad entre las personas, que implica un
correcto manejo de los símbolos unificadores, códigos, lenguaje, cultura, ejes
de referencia, y también implica que haya libertad y creatividad entre las
personas, de esta manera se podrá vivir en el amparo, el arraigo.
Habitar como Encuentro.
Se habita cuando se da el
encuentro que abre un campo de sentido y comunicación de los habitantes entre
sí y con la naturaleza que los rodea. El encuentro va más allá de ocupar
espacios y mantener una proximidad física, se da cuando los objetos físicos
dejan de ser vistos como cosas aisladas e independientes y se viven desde sus
significados y el sentido que otorgan a sus habitantes. Habitar implica un
encuentro, entendiendo que éste no es la vecindad física entre dos o más seres,
más bien es el fruto del acto creador en que las personas se involucran con su
entorno, por esto, agrega el citado López Quintás, “El encuentro, lejos de
reducirse a mero choque, es un contacto creador a nivel de autenticidad
esencial. Por eso exige respeto a las condiciones propias de los que en él
desempeñan un papel.” (LQ p. 195), una plaza o jardín público, por ejemplo no
es un espacio neutro y aislado, es un lugar de descanso y encuentro entre
amigos y familiares, un lugar de recreo vinculado a la ciudad que simboliza
también una pausa dentro de la vida laboral de las ciudades, cuando las plazas
son vividas en su plenitud se suscitan una serie de encuentros con el entorno y
la comunidad que hacen el espacio habitable; de la misma manera hay veces en
que se diseñan de manera errónea los espacios cuando por ejemplo, se edifican
inmuebles buscando que la gente ‘ocupe’ un lugar sin atender al encuentro
dinámico de sus moradores, sin preocuparse por desarrollar un encuentro que
diseñe espacios que permitan tanto la intimidad como la convivencia entre sus
habitantes. Los espacios arquitectónicos deben ser vistos como un lugar que
eleva la condición de habitar y con ello la condición del mundo y del ser
humano; así, el mundo físico es transformado e interpretado como un mundo
cargado de sentido que permita que el ser humano se desarrolle como persona y
realice ahí sus deseos e intereses, pues el hombre es un ser abierto al
encuentro gracias al uso creativo de la razón y la libertad.
Al darse el encuentro el
hombre no está ya como un objeto más frente a las cosas, sino que se abre a la
realidad como una persona libre y creadora,[6] y desde el uso inteligente,
libre y creativo de los espacios físicos se compenetra uno con el mundo,
elevándolo más allá del rango físico que limita y aísla y se vuelve un mundo
habitable que nos abre a la experiencia de desarrollarnos en tanto personas,
pues “La persona humana se va configurando como personalidad al apropiarse las
posibilidades que le ofrece la realidad circunstante merced a la condición que
ésta posee de ofrecer un sentido al hombre y presentarse al mismo en forma de
instancias y recursos.” (LQ p. 165). Una persona que no logra integrarse de
forma creativa con otras personas ni con el entorno, podrá tener proximidad
física y “ocupar un espacio” en una ciudad, sin embargo, no se puede decir que
la habite.
El hombre que habita, se
relaciona con el entorno desde el ‘encuentro’, y se siente invadido por
diversas realidades que reclaman su colaboración para fundar en común ámbitos
de vida y volverlos así fenómenos originarios por ser desarrollados por la
autenticidad creativa de la persona; “… ir al paso de lo que nos viene al
encuentro, ganar la libertad al ser dominados por algo que, viniendo de fuera,
puede sernos más íntimo que nuestra propia intimidad.” (LQ p. 195). Y este
encuentro es el que el entorno tome carácter simbólico, lo cuál implica la
creación de fenómenos originarios. El hombre que habita es entonces un hombre
que ejerce su libertad auténtica desde la creatividad,[7] y convive
creativamente desde los símbolos que le permiten expresar su forma de amar,
pensar, y dialogar, pues vivir desde la apertura al encuentro, es vivir en
libertad, pues hay cosas que nos arrastran poderosamente sin anular nuestra
libertad, sino haciéndola posible, en todos los ámbitos de la actividad humana
–conocer, sentir, querer-, de esta manera se desarrollan las potencialidades de
la persona. En resumen, el encuentro “hace que el mundo se transforme y se
vuelva simbólico, ésta es la importancia de la apertura a los fenómenos
originarios, cargados de simbolismo –como la luz, el brotar de las fuentes, el
crecer de las plantas-, pues tal encuentro con lo natural valioso y profundo es
origen eterno de la más pura poesía”. (LQ p. 195).[8] Hacer ciudad es dar vida
plena al ser humano, es permitir que sus habitantes desarrollen sus potencias
creadoras. En esta acción creadora se respeta la vivencia personal de sus
individuos, que más que individuos, se relacionan como personas, portadoras de
sentido y valor que contribuyen a enriquecer el entorno volviéndolo más
habitable, por esto autores como Jan Gehl afirman “Aunque el marco físico no tiene una influencia
directa en la calidad, el contenido y la intensidad de contactos sociales, los
arquitectos y los urbanistas pueden influir en las posibilidades de encontrar,
ver y oír a la gente, unas posibilidades que conllevan una cualidad en sí
mismas y llegan a ser importantes como telón de fondo y punto de partida de
otras formas de contacto.” (Gehl p. 21). Así, los espacios dotan de sentido la
vida del hombre cuando se suscita un ‘encuentro’, ya sean las plazas y jardines
públicos, donde la gente se encuentra para conversar, jugar, hacer deporte, o
los espacios laborales, o los caminos que conducen al trabajo, o los templos
donde la gente se encuentra con lo sagrado y lo vive de forma solitaria o
comunitaria, lugares para la salud en los hospitales, lugares de encuentro
entre personas.
La Arquitectura y el Urbanismo
tienen la capacidad de dar sentido a la vida de sus habitantes, es el resultado
del encuentro creativo que permite “habitar” de forma respetuosa junto a otros
seres humanos y junto al entorno que los rodea. Los espacios arquitectónicos,
entonces, deben ser vistos como el resultado de la forma de organizarnos de
acuerdo a nuestra capacidad racional, intelectual, a nuestros deseos y nuestro
espíritu de convivencia, en ellos se organizan distintas actividades que
alumbran y dan sentido en la vida del hombre al suscitar encuentros, espacios
en los que la vida de los seres humanos sea libre y original, cargada de
simbolismo y creatividad. Las ciudades pueden ser leídas como la posibilidad de
generar o evitar encuentros para establecer una vida comunitaria armónica:
“Sólo la interferencia de realidades ambitales da lugar a un encuentro, y sólo
el acontecimiento de encuentro es fuente de luz y de belleza.” (LQ p. 163).
Cuando las ciudades no
permiten o dificultan y restringen la personalidad del hombre así como su
desarrollo comunitario, se reduce su capacidad y dignidad como persona, se
degrada el encuentro y por ende el habitar. Cuando la persona no se incorpora
creativamente dentro de la comunidad buscando generar un encuentro respetuoso y
libre con los otros, se disminuye la calidad de vida. Así, el espacio dentro de
las ciudades es reflejo de la forma de organizarnos, de aquí que la calidad de
vida de las ciudades se podría medir por un lado, por el nivel de libertad y
racionalidad de sus habitantes así como por la capacidad de comunicación
creativa entre sus pobladores, por las relaciones constructivas entre ellos,
con su entorno y su medio ambiente, por la capacidad simbólica que sea
expresión de sus encuentros vitales originarios, y que contribuye a desarrollar
el sentido de vida de las personas y de los lazos comunitarios que establecen.
Lo fundamental es que entre los ciudadanos subsista la cercanía de respeto,
coexistencia, en que a pesar de la diversidad, no se pierda la unidad de
intereses y valores que nos permita descubrir al otro y señalar la coexistencia
que llevamos, pues el habitar se asocia con una sensación de arraigo, resguardo
que permita fundar una morada.
El habitar como ampararse,
morar y arraigarse
El habitar está también asociado
a la idea de amparo que se da cuando el hombre “es sujeto de una o más
cualidades que le confieren domino sobre el entorno”,[9] pero no un dominio
aplastante, sino un desarrollar creativamente el entorno, es tener la capacidad
de establecer comunidad y unidad, lo contrario es estar a la intemperie y
desamparado, por esto se debe decir que “El hombre habita en verdad cuando crea
con los demás hombres y las realidades del entorno relaciones de encuentro:
ámbitos <<espacios habitables>>, moradas. (LQ 197).
Lo mismo sucede con el
habitar, al respecto afirma López Quintás,
“No es por ello, irrelevante
que el hombre nazca en el seno de un hogar, encarnación del ámbito primario en
que el hombre se inserta al iniciar su vida. Esta inserción es activa, ya que
todo lo auténticamente humano debe ser en alguna medida creado por el hombre,
creado en colaboración, co-creado. En las bases mismas de la vida humana se
asienta la propensión a crear ámbitos y convertir el habitar en una forma
ineludible de existencia. El nómada no tiene morada fija. Más, al errar de un
lugar a otro en grupo compacto, practica una forma de habitar móvil pero
intenso.” (LQ p. 189).
El valor de una interrelación
firme, inquebrantable, perenne, invisible e inasible con los sentidos humanos
es el que le da valor a una casa lo mismo que a un barrio o una ciudad, pues es
el valor que hace e impulsa al hombre a construir un hogar, por esto la idea de
morada está en relación con la del arraigo, “establecimiento duradero en un
lugar, que se convierte así en centro de perspectiva, eje en torno al cual gira
el mundo ambiente” (LQ p. 197) Lo contrario a morada sería el desierto del que
habla Saint Exupery en Citadelle, la dispersión sin perspectiva. En relación
con esta postura, López Quintás continúa y afirma que “La ciudad trae el amparo
del orden, la concentración que proporciona el límite entendido como una forma
potentísima de cobijo. Ante el caos de una cultura atravesada por mil
corrientes, desorientada hasta el desamparo, Saint Exupéry exalta el valor de
la ciudad como símbolo de lo robusto, lo arraigado, tierra buena en que
<<los cedros crecen para gloria de Dios>>” (LQ p. 197).
Uno de los aspectos que
permiten medir el nivel de cultura y habitar que han generado las culturas, es
la elaboración de símbolos, así como el valor y significado que le dan. Pues si
bien los símbolos son expresión de la unidad de las culturas y de las ciudades,
también es un elemento que puede disociar y llevar al conflicto a distintos
grupos. Siguiendo con lo que se ha expuesto, En su obra Lo sagrado y lo profano
Mircea Eliade ejemplifica cómo el espacio no es una realidad física, ajena y
aislada del individuo, sino que está cargado de sentido para el hombre. Esta
afirmación le permite hablar del espacio sacro y del espacio profano, dos
realidades muy distintas en la vida del hombre que no pueden ser explicadas
desde las teorías del conocimiento convencionales, sino que deben ser
entendidas desde la fenomenología, método filosófico que nos permite comprender
todos esos aspectos de la realidad que no se dejan atrapar por los métodos
científicos, tal como son las realidades éticas, religiosas y estéticas. Así,
nos comenta Eliade, que el espacio sacro surge por una hierofanía o
manifestación que cambia la dimensión del espacio en la vida de los hombres, y
aun cuando el espacio sea igual en su dimensión física, en la dimensión humana,
los espacios se dividen y distinguen. El espacio sagrado es aquel que marca un
límite, que da sentido, que crea un entorno y nos relaciona con el absoluto, no
es igual a ningún otro espacio, es único. En cambio el espacio profano, se vive
como un espacio que es igual a otros espacios, que no delimita ni marca
especialmente un eje de referencia existencial. Espacios sacros o que
manifiestan una nueva forma de realidad y eje referencial pueden ser lugares
como La Meca, el Vaticano, Jerusalém o la llegada del águila a la gran
Tenochtitlán.
Este caso y otros similares
nos permiten ahondar en la comprensión de lo que son las ciudades, cómo ellas
acogen al ser humano, le permiten encontrar sentido y recrearlo, nos permiten
comprender cómo gracias a la ciudad se da el encuentro del hombre con su medio
y cómo se forma como persona gracias a este encuentro, pero también nos permite
comprender, cómo estos ámbitos se dan cuando el hombre asiste al “encuentro”
con otras personas.
La unidad en los espacios
comunitarios de la ciudad
La finalidad de la ciudad y de
la planeación urbana es la plenitud de la persona, quien está en constante y
tensa apertura hacia el entorno, de hecho el ser del hombre se da en esta
relación con todos y encuentra su plenitud al entrar en una dinámica creadora
de ámbitos con su entorno y con otros hombres, “El hombre llega a ser
plenamente tal cuando supera la soledad de la retracción egoísta y altanera
para potenciar su ser en la tensión creadora de unidad comunitaria.” (LQ p.
188). Una ciudad alcanzará más su finalidad mientras más se logre la vivencia y
el sentimiento de unidad y el sentimiento comunitario, el cuál no se logra a
través del mobiliario que conforma las urbes, sino ante todo, de la forma
creativa como la comunidad se entrelaza y ordena sus espacios.
Esta unidad se logra a
condición de que el hombre viva creativamente y establezcan sus habitantes los
lazos “espirituales” entre sí, a través de acciones, símbolos, creencias,
preferencias, que sean para crecimiento espiritual, intelectual y ayuda y
colaboración de las necesidades de sus habitantes. Esto es importante porque de
aquí se ve que las tramas constituidas no se pueden formar por hombres
aislados, o individuos acotados. “…el elemento fundamental de la trama
constituida por la vida humana no es el individuo, el yo acotado que se
enfrenta al entorno circunstancial que lo rodea y delimita y a veces acosa,
sino el complejo de ámbitos que surgen
en el encuentro del hombre con los seres capaces de co-crear relaciones
elevadas de convivencia” (LQ p. 188).
Los ámbitos se fundan, porque
el hombre está en una singular posición respecto a los seres del entorno (LQ p.
187). Los seres humanos vamos al encuentro con el mundo y a la búsqueda de
otras personas con la esperanza de llegar a una unidad en donde no queden
limitadas o ahogadas sino que sean exaltadas nuestras potencialidades. El ser
humano no es egoísta por naturaleza, sino que es un ser en búsqueda de unión
con los demás, y en este encuentro se da su desarrollo autónomo y de persona,
“La autonomía humana no la posee el hombre por ley de naturaleza debe
conseguirla rompiendo los estrechos moldes de su individualidad y abriéndose a
los seres del entorno. Cuando estos seres son valiosos y poseen cierta
capacidad de iniciativa, tal apertura es creadora y enriquece al hombre” (LQ p.
197), sólo así, en este encuentro queda al descubierto el verdadero ser
profundo de quienes se encuentran. Por eso la importancia de que haya “trato”
entre las personas, para poner en juego el propio ser en la elaboración y
desarrollo de proyectos comunes de vida, que es tanto como decir de ámbitos
comunes de existencia.” (p. 197).
Sabemos que el trato con las
personas supone distancia, lo suficientemente amplia para fundar un campo de
intercambio, pero también lo bastante corta para que no degenere en
alejamiento, pues la forma más intensa de presencia posible entre los seres
humanos no se da con la fusión, sino que se da cuando existe el diálogo,
“sostenido a distancia de perspectiva”. (LQ
p. 192). Se trata de una discreta distancia que permita la vinculación
eminente que el hombre gana a través de la comprensión mutua y la colaboración
en tareas de interés común”. (LQ, Estética de la Creatividad p. 192). Esto nos
lleva a la tesis sostenida por Edward T. Hall en su obra la Dimensión Oculta.
En este libro Hall menciona los distintos tipos de acercamientos y alejamientos
que tenemos los animales y los hombres para acercarnos o alejarnos y convivir,
la cual llama Proxemia. Es interesante que aun cuando Hall menciona una parte
biológica de la Proxemia, asegura que dicha proxemia es Cultural en el caso de
los hombres, como por ejemplo en los pueblos árabes hay más acercamiento entre
la gente que en los nórdicos europeos. La proximidad corpórea puede generar
situaciones de encuentro o separación, pues en los caso de que haya amor, puede
haber una gran proximidad, y una distancia que no se violenta, ésta distancia
no se mide en centímetros, sino que se mide en grado de compenetración entre
las personas, por eso cuando López Quintás dice “El amor más acendrado se da
cuando la tensión suprema hacia la unión no diluye los límites de la
personalidad de los amantes, antes los subraya mediante una actitud de respeto.
El amor surge a distancia reverente de perspectiva porque la unidad que
persigue como una meta no es unidad de fusión, sino de integración ambital.”
(LQ La estética de la Creat p. 192), tiene que notarse que se refiere a una
distancia no física, sino de los encuentros entre individuos. Lo mismo se
aplica para los casos de la separación de los hombres, en la que dice que la
anulación de la distancia, la masificación, genera una situación de ruptura
entre los hombres, “Si los hombres se quisieran <<como masas>>…
cesaría automáticamente su amor, porque éste, rigurosamente hablando, sólo
florece entre seres que no pueden diluir su personalidad irreductible en modo
alguno de unión fusional, que es muy intensa pero impropia de los seres
personales en cuanto tales.” (LQ p. 192) pero tal unión no se refiere a algo
físico.
La fuente de la unidad se da
cuando hay un sentido común de construcción, dice López Quintás, y frente a la
idea contemporánea que afirma que la verdadera unión de los hombres se da en la
unidad de fusión, y afirma que “urge advertir que los modos más altos de
correlación entre los hombres se logran a través de los ámbitos de convivencia
que ellos fundan esforzadamente entre sí. Nunca se sienten los hombres más
intensamente vinculados que cuando participan activamente en la fundación de
algo que les atañe en lo más profundo de sí mismos. (LQ p. 193) “Si la persona
humana se desarrolla en la fundación de ámbitos, ninguna labor unirá a los
hombres más profundamente que ésta.” (LQ p. 193). No quiere decir que la
realidad cambie, sino que es la acción del individuo la que genera este cambio
de situación de encuentro a una situación de distanciamiento, para caso habla
López Quintás del instinto sexual y cómo puede generar la anulación de límites
en el amor, y las de odio y radical aversión., pues la voluntad de posesivo
dominio es diferente que el afán reverente de crear ámbitos de comprensión y
convivencia. “La persona del otro es considerada como medio para un fin y rebajada a la condición de instrumento. Si
éste <<falla>>, como sucede a un motor –cuyo sentido se agota en
servir para un determinado fin-, el impulso ciego a la unión se truca en
aversión automática a causa del choque violento que significa para el hombre
egoísta la imposibilidad de alcanzar sus propósitos” (LQ p. 193).
Para formar comunidad es
necesaria la unidad amorosa entre las personas, esto es, una unidad del
desinterés, de la unión ente seres por lo que valen como personas: ¿cómo se da
la unidad de ámbito entre los seres humanos? “el amor auténtico se enciende a
la vista de los altos valores que ostentan los seres amados, y estos valores
sólo pueden ser comprendidos si se adopta ante ellos una actitud de generoso
desinterés –opuesto a todo afán de convertirlos en medio para un fin- y se
compromete uno con ellos en el desarrollo de una tarea común elevada.” (LQ p.
193-194) Según esta postura, una ciudad tendrá mayor desarrollo de ámbito
cuando su grado de cultura y unión social sea mayor, cuando tengan mayor
compromiso y mayor trato desinteresado entre ellos, pues “cuanto hay de grande
en el universo surge por la vinculación de seres que se respetan lo suficiente
para no fundirse y se aman lo necesario para mantenerse en constante proximidad.
El encuentro verdadero no conduce nunca al despojo, a la manipulación egoísta y
altanera del otro, antes se da en un clima de serena aceptación mutua.” (LQ p.
196). Este es el sentido del encuentro entre los seres humanos y el entorno, es
el punto en el que “… el ser contemplado nos dice algo debido a su valor
interno, y este descubrimiento halla en nosotros comprensión y respeto.” (LQ p.
194), pues “Sólo a la distancia del respeto florece el amor que funda intimidad
mediante la creación de ámbitos rigurosos de encuentro”. Así, se puede
comprender que la unidad del ámbito supone el encuentro de un valor;
“Únicamente puede cofundar ámbitos aquello que encierra un valor, y todo valor
es algo originario, irreductible, inédito…” (LQ p. 194)
Esto produce un círculo de
comprensión interesante “el dinamismo de la vida humana confiere una ordenación
y un sentido al espacio, y el espacio vitalmente estructurado hace posible y
postula una vida con sentido.” (LQ p. 205) Y la fuerza central o punto de
partida radial de esta existencia activa y creadora es el hogar. Este punto de
partida es a la vez, punto de llegada. “A este carácter de punto de partida y
punto de llegada que tiene el hogar se alude cuando se afirma que el hombre
debe enraizarse en el espacio, expresión que tiene un alcance mucho más hondo
que el de la mera radicación en un punto determinado del universo” (LQ p. 198)
El papel creativo del hombre
en la fundación de espacios, ámbitos, hogar, encuentros, nos permite llegar a
proponer el papel que tiene la persona en la fundación de la ciudad y de los
distintos espacios habitables que lo contienen, “Cada hombre es el centro
ineludible del universo en cuanto constituye el punto de arranque de un
quehacer creador de ámbitos personales. Más que la amplitud, importa ahora la
calidad. Más que la universalidad, cuenta ahora la intensidad. Al hombre no le
viene dado sin más, como un don, su carácter de centro del cosmos. Debe
adquirirlo mediante su esfuerzo creador. El orgullo de rey de la creación cede
su puesto a una conciencia viva de responsabilidad. Ya no importa constituir
por ley natural el centro del universo, sino constituirse esforzadamente en
núcleo viviente de los ámbitos que van formando el complejo entamado de la vida
humana.” (LQ p. 199). Este papel central del hombre en la fundación de este
‘cosmos’ no significa otorgarle el papel arbitrario y anárquico de quien
egoístamente quiera disponer de todo su entorno y destruirlo, “Ser el centro de
una constelación de realidades no es un privilegio, sino una tarea.” (LQ p.
199). Esta tarea es fecundísima y nunca acabada. Gracias a este altísimo
quehacer es que el ser humano se siente verdaderamente acogido. Esta actividad
se funda en vínculos con las personas, con el medio ambiente y con el entorno
urbano. De aquí toma López Quintás la distinción que hay en Citadelle, en donde
se habla de todos los grandes espacios del palacio y que no son espacios
abiertos y vacíos, sino lugares con sentido, Saint Exupery termina por afirmar
que el hombre es un ser que habita, con lo cual rompe la idea de Sartre que
deja con su existencialismo al hombre en un lugar ahí arrojado, carente de
límites. Similar a Sain Exupery está el pensamiento de Heidegger quien habla
del habitar como un aspecto esencial del ser humano.
Lo anterior le permite a López
Quintás relaciona esta idea de habitar, con su punto esencial que es el hogar:
“El hogar es el centro del que arranca los mil y un caminos que constituyen el
entramado dinámico de cada vida humana… Ver el mundo desde un hogar significa
contemplarlo desde un nivel de exigencias comunitarias.” (LQ p. 200) Y toma las
expresiones como heimisch que es el ser acogido, algo ordenado, a gusto, con
orden veracidad y comprensión, lo cual habla de un hogar Heim. Y el hombre
desamparado se siente unheimish, en un clima de odio y desorden.
Es necesario comprender al
hombre como un ser activo, no pasivo, como un ser que debe elaborar su propio
destino, pero este destino es un destino de fundación de amistad, creación de
lazos, establecer interrelaciones. Aquí tenemos un nuevo término: La amistad.
Que implica creación de lazos, establecimiento de interrelaciones, fuente de
plenitud, de aquí que “en el habitar reside la paz.” (LQ p. 201). Esto nos hace
pensar en los desplazados, los que deben romper amarras. Este es un gran drama.
Por esto menciona López
Quintás que “El hogar se convierte en el centro irradiante de una auténtica
vida social”, puesto que “Habitar viene a significar, así, un modo muy fecundo
de arraigo conseguido dinámicamente a través de la fundación de ámbitos de
convivencia en torno al núcleo primario de la familia” (LQ 202). De aquí que
para el arquitecto y el urbanista estos principios sean bien entendidos, pues
“El arquitecto debe idear sus obras creándolas en nombre de aquellos que en su
existencia cotidiana van a recrearlas constantemente, pues un espacio para ser
vivo debe estar siendo fundado a cada instante por las gentes que lo
frecuentan. Nada ilógico que los ámbitos –calles, patios, plazas…- creados por
el pueblo a su ritmo, a lo largo de años de existencia vivida con la intensidad
contenida de las gentes sencillas, ostenten una intensa belleza recatada que
sobrecoge a los arquitectos.” (LQ p. 202)
Con lo anteriormente expuesto
podemos concluir: la creación y conformación de las ciudades está en relación
con el papel del hombre en este desarrollo, para lo cual hay que comenzar con
la frase que lo compendia todo: “El hombre es, en su más profunda esencia, un
constructor de ciudades” (LQ p. 197). La idea de ciudad es que su origen está
en la célula viva de la ciudad, esto es, “la morada individual del hombre que
se acoge a ella, se delimita entre sus muros para ganar la libertad perdida en
la amplitud sin horizonte del <<desierto>>” (LQ p. 197-198). Por
eso Citadelle expera que “el hombre habita, y que el sentido de las cosas
cambia para ellos según el sentido de la casa>> (Citadelle tomado de LQ
p.l 198) Las ciudades deben entonces seguir un crecimiento más bien orgánico,
no artificial, es decir, un crecimiento que atienda al desarrollo pausado y
consciente de una comunidad, “Los ámbitos adquieren entonces un “clima”, una
atmósfera sólida que es fruto de la adecuación entre el espacio físico y la
sensibilidad espiritual. Por muy bellas que sean, una casa, una plaza, una ciudad
sólo adquiere clima de intimidad si a lo largo de los días se entrevea
creadoramente la vida de quienes las habitan con el entorno hogareño y
ciudadano.” (LQ p. 202) Las ciudades y espacios arquitectónicos deben permitir
la libertad creadora del individuo y su desarrollo personal, una ciudad es el
reflejo de su gente y la forma que tienen de vivir el ‘encuentro’ y desarrollar
‘ámbitos’, “La frialdad y rigidez de los ámbitos procede en gran parte de la
actitud retraída, cerrada y cómodamente pasiva de los habitantes.” (LQ p. 203)
De aquí la crítica que se hace en Citadelle a los que viven como sedentarios
sin abrirse a interrelaciones vivas, y que se obstinan en poseer en vez de
crear. , según Saint Exupéry, todo hogar se ve amenazado por la potencias de dispersión,
que anula la persona y genera individuos que se agrupan en colectividades, y en
lugar de haber formas de unidad, los vuelve modos de posesión pasiva y
rutinaria, “Todo lo auténticamente humano debe ser ganado instante a instante
de modo creador. “El cedro se funda a sí mismo en cada momento. Así fundo yo mi
hogar en cada instante para que dure” (LQ p. 203).
Por lo anteriormente dicho se
comprende que el ser humano se desarrolla y logra como persona al crear
ámbitos. Crear ámbitos va de la mano del habitar. Todo lo grande requiere echar
raíces en tierra firme, esto es: habitar. Crear ámbitos va de la mano de crear
espacios físicos, que son expresión y cauce del dinamismo humano creador de
ámbitos de convivencia ( cfr. LQ p. 204). Estos espacios serán habitables
cuando puedan ser recreados por los hombres que los habitan en su vida
cotidiana.
La comprensión de la ciudad
implica una postura sobre quién es el hombre y cuál es su finalidad en la
existencia, pues “el hombre es un ser tenso a la fundación de nuevos ámbitos en
colaboración con otros seres. Estos ámbitos son tanto más robustos y valiosos
cuanto más elevados son los seres que los constituyen. La creación de ámbitos
de diálogo es la actividad primaria y más alta de los seres humanos”. (LQ p. 206), y tales ámbitos se transforman
en espacios habitables, sean estos habitáculos, casas, plazas, oficinas o
ciudades. La plenitud del hombre está en ser persona, y la conquista de ser
persona se logra en los actos creativos, libres y autónomos que realiza el
hombre. Los espacios que se disponen para que le hombre conviva, son decisivos
para su desarrollo como persona y para la vida y coexistencia armónica de las
ciudades, por eso dice López Quintás que “El hombre logra su madurez de hombre
en la medida en que teje a su alrededor un entramado complejo de ámbitos que
ofrecen a su capacidad de acción el campo apropiado. He aquí de nuevo el
círculo fecundante según el cual el hombre crea ámbitos y éstos hacen posible
el pleno desarrollo de su vida” (LQ p. 207)
Las ciudades nos muestran la
capacidad de la madurez de cada pueblo, esto es la capacidad de generar ámbitos
cordiales, unitarios e interrelacionales, de aquí que siguiendo López Quintás
afirme que “… la célula viva de la ciudad es la morada individual del hombre
que se acoge a ella, se delimita entre sus muros para ganar la libertad perdida
en la amplitud sin horizonte del <<desierto>>”.
[1] “cuando se dice que el
hombre desarrolla su vida <<en>> el espacio, conviene apresurarse a
cargar esta expresión de todo su valor positivo y dinámico, pues el espacio no
es para el hombre un mero continente estático y rígido en sus acciones, sino el
resultado de su actividad configuradora del entorno. Más que espacio en
general, convendría hablar de ámbitos, pues la vida del ser humano consiste
precisamente en ir tejiendo paulatinamente el entramado de ámbitos que
constituyen su razón de ser y el clima ñeque florece su libertad.” (LQ p. 206).
[2] De aquí que López Quintás
defina el ámbito como ese “campo abierto a una acción posible, campo de
posibilidades” (LQ Estética de la creatividad p. 185), que se cierran cuando
las cosas del entorno cierran caminos al hombre, en cambio cuando se disponen
benéficamente para crear entre ellas un campo de acción humana hay un ámbito.
“El ámbito no es nunca algo estático, sino el resultado bullente y firme a la
vez de una confluencia de elementos” (LQ p. 185). Los ámbitos son espacios de
vivencia que desarrolla el hombre, pues él en su condición de ser inteligente,
capta las impresiones no como estímulos, sino como realidades estimulantes, por
eso la reacción del hombre al medio no es como si fuera un estímulo respuesta,
sino como que el hombre reacciona de diversas maneras a un mismo estímulo, pues
cuenta con una inteligencia que permite diversos proyectos de acción.
[3] Juhani Pallasmaa Los ojos
de la piel, Gustavo Gili, Barcelona, 2006, p. 10-11.
[4] “se alude a la forma
integral de especialidad que adquiere el espacio al entrar en estrecha
vinculación con el tiempo tal como es vivido por un hombre entregado a la
acción sobre el entorno” (LQ p. 207).
[5] No se podría decir que el
espacio determina al hombre pues “Cuando analizamos el ser humano sobre el
trasfondo del mundo animal, observamos que en el hombre cada estímulo procedente
del exterior no provoca automáticamente una respuesta determinada; puede dar
lugar a modos de conducta muy diversos. Entre el estímulo y la respuesta se
funda una especie de campo de actuación libre y reflexiva.” (LQ p. 187).
[6] “Al estar abierta a la realidad,
a toda la realidad y, por tanto, a la propia, la realidad humana se conoce como
real y se apropia de su realidad y la realidad del entorno, constituyéndose así
en persona.” (LQ p. 165). Este encuentro es “inmergirse en el área magnética de
este campo con ánimo no de perderse y renunciar a su propia responsabilidad
creadora, sino de asumirla y desplegarla por rutas fecundas de colaboración.”
(LQ p. 197).
[7] “Pese al poder envarante
de la rutina, todo acto humano auténtico es un acto de creación”. (LQ p. 195).
[8] en el caso del artista hay
que afirmar que “Es artista quien sabe encontrarse sobrecogedoramente con lo
que las cosas del entorno tienen de valioso y acierta a captar la irradiación
del sentido inmerso en su ser, su poder de fundar una especie de presencia
irradiante, tan discreta como imponente.” (LQ p. 194).
[9] (LQ Estética de la
creatividad p. 183).