lunes, 26 de agosto de 2024

URBS, CIVITAS Y POLIS

 LOS PROBLEMAS DE LAS CIUDADES. URBS, CIVITAS Y POLIS

 Artículo publicado en el núm. 3 de la Colección Mediterráneo Económico: "Ciudades, arquitectura y espacio urbano".

Coordinado por Horacio Capel

ISBN: 84-95531-12-7 - ISSN: 1698-3726 - Depósito legal: AL - 16 - 2003

Edita: Caja Rural Intermediterrámea, Sdad. Coop. Cdto - Producido por: Instituto de Estudios Socioeconómicos de Cajamar

CIUDADES, ARQUITECTURA Y ESPACIO URBANO

 A MODO DE INTRODUCCIÓN: LOS PROBLEMAS DE LAS CIUDADES. URBS, CIVITAS Y POLIS

Horacio Capel

Universidad de Barcelona

El fenómeno urbano, que tiene ya casi siete milenios de existencia, entró desde la Revolución

industrial en una nueva fase de cambios profundos, que se han acentuado hoy hasta

extremos hace poco inimaginables. Nuevas formas urbanas, nuevos contenidos sociales y nuevos

modos de vida, nuevas tipologías y tejidos urbanos, nuevas centralidades y otras muchas

innovaciones aparecen en la configuración de las áreas urbanas. Todo ello acentuado por el

impacto de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

…….

Lo urbano tiene muchas facetas, y por ello mismo es difícil su caracterización y definición.

La ciudad es al mismo tiempo la urbs, la civitas y la polis. Es, en efecto, en primer lugar, el

espacio construido, y que posee características morfológicas que, en general, fácilmente podemos

reconocer como "urbanas" (los edificios, las calles, una fuerte densidad de equipamientos y

de infraestructuras), es decir, todo lo que los romanos designaban con la expresión urbs. Pero es

también una realidad social constituida por los ciudadanos que viven en la ciudad, a lo que los

romanos aludían al hablar de la civitas. Y finalmente es la unidad político-administrativa, del

municipio al área metropolitana, es decir aquello a lo que los griegos se referían al hablar de la

polis. Abordar los problemas de la ciudad significa referirse a la vez a dimensiones físicas,

sociales y político-administrativas.

1. Los problemas de la urbs

El espacio físico de la ciudad se extiende y se renueva sin cesar. Pero no debe seguir

extendiéndose de forma ilimitada, afectando de manera incontrolada al medio natural.

La ciudad implica concentraciones de energía y de materiales, así como la construcción

de infraestructuras físicas que modifican de manera irreversible las características del medio

natural, con un impacto creciente sobre el mismo. Lo primero que hay que constatar es que esa

extensión es en parte necesaria, por el mismo crecimiento de la población urbana, y en parte

superflua porque se relaciona con las necesidades del mercado inmobiliario. El cambio y la

reconstrucción están en la esencia misma del capitalismo, que genera un proceso sin fin de

destrucción e invención de nuevos productos, lo cual se aplica también a las ciudades, que

continuamente se construyen y reconstruyen.

Las necesidades de la producción masiva convierten a los objetos producidos en mercancías.

La sociedad de consumo se basa en la lógica económica de la producción, en la obtención

de beneficios y, por ello mismo, en la búsqueda de mercados entre una población consumidora

en aumento. Desaparece con ello la idea de permanencia de los objetos, y es el cambio, lo

efímero y la obsolescencia lo que gobierna la producción y el consumo. A partir de la implantación

y consolidación del sistema capitalista, todo lo que se construye está hecho para ser

destruido y para que el proceso de producción recomience una y otra vez. Marshall Bermann lo

ha percibido lúcidamente en un libro cuyo título (Todo lo sólido se desvanece en el aire) retoma

una frase de Marx en el Manifiesto comunista: "‘Todo lo sólido’ -desde las telas que nos cubren hasta los telares y los talleres que las tejen, los hombres y mujeres que manejan las máquinas, las casas y los barrios donde viven los trabajadores, las empresas que explotan a los trabajadores, los pueblos y ciudades, las regiones y hasta las naciones que los albergan- todo está hecho para ser destruido mañana, aplastado o desgarrado, pulverizado o disuelto, para poder ser reciclado o

reemplazado a la semana siguiente, para que todo el proceso recomience una y otra vez,

es de esperar que para siempre, en formas cada vez más rentables [...] Hasta las construcciones

burguesas más hermosas e impresionantes, y las obras públicas, son

desechables, capitalizadas para una rápida depreciación y planificadas para quedar

obsoletas, más semejantes en sus funciones sociales a las tiendas y los campamentos

que a las pirámides de Egipto, los acueductos romanos o las catedrales góticas".

Los ejemplos de ello son numerosos. En una obra reciente titulada significativamente La

destrucción creadora, un autor ha señalado con referencia a las transformaciones de Manhattan

entre 1900 y 1940, que la ciudad "nunca está satisfecha consigo mismo, y está continuamente

reconstruyendo".

Es seguro que eso supone un gran negocio, que permite obtener gigantescos beneficios

económicos. Y es indudable que en esa construcción y reconstrucción continua se ganan a

veces mejoras materiales sensibles en forma de nuevos edificios, nuevos estándares, nuevas

instalaciones. Pero también se pierde mucho. Un patrimonio edificado está siendo rapazmente

destruido, y con ello desaparece para siempre una parte de la memoria histórica. Y un parque

inmobiliario construido se deja deteriorar en beneficio del negocio que supone la construcción de

viviendas nuevas.

La ciudad, lo urbano, seguirá creciendo en todo el mundo, porque todavía hay elevadas

cifras de población campesina que en algunos países ascienden a más del 50 por ciento de la

población activa, cuando en los más desarrollados no supera el 10 por ciento. Pero no se trata de

construir más ciudad, sino una mejor ciudad; construir sin hacer edificios para la rápida

obsolescencia y sin que estén al servicio de la lógica del consumo. Es decir, hay que dar incentivos

para el mantenimiento y la rehabilitación El parque construido debe mantenerse en la medida

de lo posible. Y en especial el centro histórico debe protegerse a toda costa, por la importancia

que tiene para la imagen de la ciudad y la identidad colectiva. Hay que poner a punto, y

aplicar decididamente, políticas de incentivo a la rehabilitación para conservar el suelo y el patrimonio inmobiliario, con viviendas desocupadas y mal conservadas. Aunque también hay problemas diversos que habrá que resolver para actuar adecuadamente (problemas jurídicos, propiedades indivisas, propietarios envejecidos, criterios para la intervención y protección, etcétera).

El espacio social de la ciudad se construye en buena parte a través de la vivienda y el

mercado de la vivienda, y con la construcción de equipamientos e infraestructuras. El mercado

de la vivienda, que en nuestro país es muchas veces poco transparente, asigna las personas al

espacio en función de su nivel de rentas. Por ello contribuye a una fragmentación de la ciudad,

que algunos consideran cada vez más intensa. Por un lado, urbanizaciones para grupos de

rentas altas, exclusivas, cerradas, con equipamientos refinados que hacen la vida más agradable

en el alojamiento privado y en el cerrado espacio colectivo. Por otro la ciudad de los pobres, los

cascos antiguos degradados, las periferias marginales, la infravivienda. La ausencia de construcción de viviendas sociales es general y clamorosa, y contribuye a esa fragmentación y segregación.

Frente a lo cual, se necesitan políticas públicas de vivienda, ya que cada vez parece más

claro a quien lo quiera ver que la mano invisible de los intereses inmobiliarios no logra resolver los

problemas de la escasez de viviendas y es incapaz de alojar convenientemente a la población de

bajos recursos.

2. Las posibilidades de la civitas

Las ciudades son también los ciudadanos, y el uso que éstos hacen del espacio construido.

Los habitantes no se distribuyen homogéneamente sobre el espacio urbano. Hay diferencias

socioespaciales, que van desde los cambios de densidad, en una escala que se extiende desde

espacios muy densos a otros con viviendas unifamiliares y baja densidad, a la misma heterogeneidad social del espacio, desde los barrios de los ricos a los de los pobres, cada uno con sus características diferenciadas.

Los cambios en el mercado de trabajo están afectando de forma creciente a la misma

organización de la ciudad. Los desplazamientos de empresas hacia la periferia, la inestabilidad

de los contratos y el desempleo afectan a la residencia de los trabajadores. La imposibilidad de

pagar un domicilio propio, la inseguridad en la disposición de la vivienda, los desplazamientos

diarios cada vez mayores son rasgos de la vida metropolitana que acaban por afectar a la calidad

de vida de los ciudadanos. Los procesos de desconcentración de los municipios centrales, así

como el paralelo crecimiento de los municipios del entorno, convertidos en lugares de residencia,

contribuyen asimismo a la movilidad diaria al trabajo y a aumentar los problemas de tráfico de los

habitantes.

La ciudad es muy diversa social y culturalmente. Uno de los rasgos que generalmente se

han considerado en la misma definición de lo urbano es precisamente la heterogeneidad de su

población. Una heterogeneidad que es, en primer lugar, profesional y de habilidades, lo que da a

la ciudad unas ventajas sobre las de cualquier otro lugar. Pero también una heterogeneidad de

actitudes, de comportamientos.

Las ciudades son desde el comienzo del desarrollo urbano espacios que han crecido con

la llegada de habitantes de afuera, es decir, lugares de inmigración. Lo cual se acentúa todavía

más hoy con las migraciones internacionales. La ciudad es un crisol donde se funden las culturas

y las razas. Pero eso requiere hoy tiempo, escuela pública, acceso al mercado de trabajo y

a los equipamientos sociales, así como objetivos sociales claros; requiere algún tipo de consenso social sobre el tipo de sociedad que se desea construir. Todo ello es difícil de conseguir con

movimientos migratorios de gran movilidad, con redes transnacionales que vinculan permanentemente a los que llegan con comunidades exteriores más que con la de acogida, con conflictos por el mercado de trabajo, y con acceso desigual a los servicios básicos. Es difícil de conseguir con comunidades divididas y enfrentadas por razones religiosas, cuando las creencias no quedan reservadas a la conciencia individual sino que se expresan públicamente en forma de

fundamentalismos religiosos excluyentes, dando lugar a amenazas y enfrentamientos que hacen

imposible la convivencia ciudadana.

3. La administración de la polis

La ciudad es también un territorio y unos grupos sociales que, al igual que la polis griega,

tienen un ordenamiento jurídico. El territorio de la ciudad actual es en este sentido muy complejo,

porque está sometido a diversas instituciones.

…….

Estamos ante transformaciones globales que afectan de forma decisiva a todos los espacios,

y también a las ciudades. Aunque el proceso de mundialización es antiguo, también hay

aspectos nuevos en la globalización. Las redes y las relaciones humanas, económicas, financieras,

de información, que se establecen a escala mundial son cada vez más densas, con una

mayor velocidad y tienen impactos profundos en la actividad y la vida social. Hoy no se pone el

sol en el flujo de informaciones, en la actividad económica, en los mercados financieros, ya que

actúan siempre en algún lugar de la Tierra, interconectados con los otros. Este mundo ampliamente interconectado permite que se ejerzan poderosas influencias desde lugares lejanos, y exige nuevas formas de regulación y de gobierno.

Hemos de decir que las ciudades no están inermes ante esos procesos e influencias.

Tienen -al igual que los estados- capacidad de resistencia y de imponer o defender sus propios

intereses y objetivos, siempre que éstos estén claros y no resulten contradictorios o enfrentados

con los de otras instancias, como ocurre a veces en España.

El gobierno de la ciudad necesita de reglas jurídicas claras, de una voluntad decidida para

su cumplimiento, de una autoridad capaz de hacer acatar las normas. Es decir, necesita de una

administración publica eficiente.

………

Sin duda el urbanismo es un proceso complejo. La administración pública debe negociar

con los diferentes agentes urbanos, cada uno de los cuales defiende sus propios intereses, y

arbitrar entre sus conflictos y diferencias. En realidad, esa ha sido la función atribuida muchas

veces al planeamiento. Pero esa negociación y arbitraje debe hacerse desde posiciones de

fuerza de la administración pública, con una legislación que permita a las administraciones

presionar para defender el bien común.

Tenemos necesidad de integrar las políticas urbanísticas y las políticas económicas. Por

ejemplo, el urbanismo y las políticas que se refieren a la industria. Frecuentemente encontramos

polígonos industriales que se construyen y que no se desarrollan y a veces industria en municipios

donde no se había previsto. Lo mismo ocurre en lo que se refiere a las comunicaciones. A

veces los estudios y decisiones dependen de diferentes instancias e instituciones. Un caso

clamoroso es el de la construcción de autopistas y de desvíos, con decisiones que se toman por

técnicos del Ministerio de Fomento, normalmente ingenieros de caminos, y en contradicción a

veces con el planeamiento municipal. Las consecuencias de esos desajustes son con frecuencia

graves para el ordenamiento del territorio y la organización de la ciudad.

En todo caso, es importante insistir en la necesidad de no vulnerar la normativa urbanística

aprobada. No pueden cambiarse a dedo la localización de equipamientos ya decididos. Los

casos que se han producido en el pasado, y que todavía se producen con frecuencia, deben ser

evitados.

En este mundo todavía existen muchas áreas que escapan a la legalidad. Los primeros

que dan ejemplo de eso son los Estados Unidos, tratando de soslayar el ordenamiento jurídico

internacional que tan trabajosamente se está construyendo, intentando eludir los acuerdos de

las Naciones Unidas, rechazando el Tribunal Penal Internacional. La ilegalidad, las prácticas

ilegales están todavía hoy presentes, en uno otro grado, en muchas partes, incluyendo la construcción de la ciudad, hacia donde se canaliza una parte del dinero negro que se genera y circula.

Hay desde luego lugares más ilegales que otros, y son especialmente significativos en este

sentido los territorios aislados y con difícil presencia del Estado, como ciertos sectores de los

Andes o de la Amazonia, pero también los lugares donde hay un rápido flujo de personas,

mercancías y dinero, como las áreas turísticas, casa de juego, o los casinos, muchos de ellos

relacionados con el espacio urbano. Es sabido también que la promoción inmobiliaria permite a

veces el blanqueo de dinero negro. La lucha contra la ilegalidad en la ciudad debe incluir también

esas dimensiones.

4. Repensar la ciudad e imaginar alternativas

……………

Tenemos necesidad de pensar e imaginar la ciudad en su conjunto, de manera integrada,

teniendo en cuenta todas las dimensiones que hay en la ciudad y a las que hemos aludido, es

decir su carácter de urbs, de civitas, de polis. Eso es lo que falta, urbanización, ciudadanía y

política. La construcción de una ciudad mejor no es solo urbanismo (la construcción de un

entorno habitable), es también civismo (espacios públicos, educación, escuela, solidaridad...) y

política (igualdad social, democracia, participación, predominio de los intereses generales, control

por la administración pública democráticamente elegida...).

No ha de olvidarse nunca que la ciudad y el territorio se planifican para los habitantes,

que el continente se ha de organizar para el contenido, para que los ciudadanos vivan mejor. El

planeamiento debe servir para disminuir la segregación social y la exclusión. Lo cual debe

hacerse, en lo que respecta al urbanismo, a través de la inversión pública y la construcción de

equipamientos accesibles a toda la población. Debe evitarse una ciudad fragmentada y segregada.

…………..

Hemos de defender el mantenimiento de una tradición urbana de espacio público protegido

por la normativa legal y por la administración pública. Pero también hemos de recordar que el

espacio público es de todos, no solo de la administración pública. Y en ese sentido necesitamos

aprender mucho en nuestros países de tradición latina y de individualismo exacerbado. El desprecio que a veces existe ante lo público es clamoroso: gentes que tiran basuras en la calle

 (papeles, colillas...), perros que defecan libremente en la acera ante la mirada indiferente de sus

dueños, jóvenes que dejan asquerosas las calles y plazas con la práctica del botellón, destrozos

del mobiliario urbano como forma de protesta y tantos otras muestras de comportamiento incivil

que continuamente podemos observar. Ante todo esto hemos de reivindicar y difundir formas de

civismo, de colaboración y de solidaridad.

Hoy el automóvil, las tecnologías de la información y la comunicación permiten la relación

entre personas situadas en espacios alejados, lo que puede hacerse a la vez que existe una

incomunicación con gentes que viven próximas. La proximidad social no está vinculada a la

proximidad física; ésta no basta para crear lazos comunitarios. Pero, de todas maneras, esa

proximidad tiene sus ventajas que conviene potenciar: efectos de imitación y de circulación de

información, facilidad para el trato, homogeneización de comportamientos y facilidades para la

convivencia. Hemos de potenciar eso, la comunicación personal cara a cara, lo que no es incompatible con el desarrollo simultáneo de comunidades virtuales.

La demanda de servicios es ilimitada y crece sin parar, en sanidad, en servicios

asistenciales, en educación...; lo cual es sin duda positivo, pero puede suponer un coste que

exige no sólo recursos públicos sino también comportamientos cooperativos y solidarios. Solidaridad y cooperación significa organizaciones solidarias y cooperativas, del tipo de las que se

denominan "no gubernamentales". Se trata de algo muy positivo, siempre que existan controles

democráticos de las mismas. Pero no es suficiente. Necesitamos también de administraciones

públicas democráticas.

Se ha de prestar mayor atención a la pobreza urbana y a los grupos marginales o con

problemas (jubilados, personas con discapacidades). Hay que pensar en la ciudad para los

niños, para los viejos, para los minusválidos...

…..

Hay que ser conscientes de que las medidas que se adopten para hacer una ciudad mejor

no pueden ser solamente urbanísticas. Son también de carácter político más general: tiene que

ver con el sistema fiscal progresivo que facilite recursos a las administraciones públicas, con las

opciones respecto a la escuela pública, la única capaz de formar en la convivencia; con la

sanidad pública, la única capaz de garantizar a todos los cuidados sanitarios y de luchar eficazmente contra las enfermedades infecciosas que vuelven a amenazarnos; con el control democrático de las decisiones, el único que garantiza la igualdad y la justicia.

Hemos de valorar el papel de los movimientos sociales. Hoy se alude a veces a la tristeza

que produce el comprobar la ausencia de una firme resistencia cívica, y "ver como la democracia

pierde calidad, pues ni los otrora activos movimiento sociales ni la tan agasajada opinión pública

ni casi nadie protesta o, al menos se cabrea", como ha escrito recientemente un político socialista.

Lo grave es que eso se dice, incluso en España, por dirigentes de partidos políticos que en

su momento contribuyeron a desarmar los movimientos vecinales. Los partidos de izquierda

han de adoptar una nueva actitud ante las formas de participación ciudadana, y estar más

atentos a los movimientos de carácter reivindicativo y las propuestas alternativas. La participación

debe convertirse en el elemento básico del urbanismo, de manera que garantice el debate

público y, a través de ello, el control de las decisiones que se toman.

……

Creo que, a pesar de la evolución perversa que muchas veces podemos observar en nuestras

ciudades, a pesar de los signos alarmantes que percibimos, a pesar de las infames estrategias

de los que solo buscan su propio beneficio y desprecian el bien público, a pesar de la

sumisión de la ciudad a la lógica despiadada del capitalismo, a pesar de todo ello podemos ser

optimistas. Podría ocurrir que los centros comerciales, los parques temáticos, la aparente fragmentación del espacio, incluso las urbanizaciones cerradas no sean decisivos. Que se conviertan en complementos que diversificarán y enriquecerán todavía más la oferta creciente que existe en la ciudad. Que a pesar de todo la ciudad siga siendo un espacio para la libertad, la coexistencia, la convivencia, la vida agradable y culta, la solidaridad.

La ciudad puede resistir y sobrevivir. Resistir a los especuladores, a los vivos, a los egoístas,

a los políticos corruptos o incompetentes, a los técnicos engolados y soberbios que se

consideran depositarios exclusivos de la ciencia y el saber. Pero para ello es preciso que actúe

la política en el sentido amplio de este término, que el ordenamiento jurídico democrático, la

normativa urbanística y los órganos de gestión defiendan el interés público. Pero también hace

falta el compromiso social y la acción decidida por parte de los residentes, de los ciudadanos. Si

este compromiso, la solidaridad y la idea de convivencia no existen, difícilmente sobrevivirá. La

aceptación de la diversidad y de los beneficios de la interacción, la defensa crítica y consciente

de los valores ciudadanos sociales y políticos es esencial para todo ello.

Son muchos los problemas existentes. Sobre algunos de ellos el presente número de la

serie MEDITERRÁNEO ECONÓMICO pretende apuntar vías para la reflexión y el debate. Esperemos que contribuya verdaderamente a ello, porque solo del debate y de la presentación de alternativas puede llegar la solución a los problemas que tiene la ciudad, entendida en su triple dimensión de urbs, de civitas y de polis.

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