LOS PROBLEMAS DE LAS CIUDADES. URBS, CIVITAS Y POLIS
Coordinado
por Horacio Capel
ISBN:
84-95531-12-7 - ISSN: 1698-3726 - Depósito legal: AL - 16 - 2003
Edita:
Caja Rural Intermediterrámea, Sdad. Coop. Cdto - Producido por: Instituto de
Estudios Socioeconómicos de Cajamar
CIUDADES,
ARQUITECTURA Y ESPACIO URBANO
Horacio Capel
Universidad de Barcelona
El
fenómeno urbano, que tiene ya casi siete milenios de existencia, entró desde la
Revolución
industrial
en una nueva fase de cambios profundos, que se han acentuado hoy hasta
extremos
hace poco inimaginables. Nuevas formas urbanas, nuevos contenidos sociales y
nuevos
modos
de vida, nuevas tipologías y tejidos urbanos, nuevas centralidades y otras
muchas
innovaciones
aparecen en la configuración de las áreas urbanas. Todo ello acentuado por el
impacto
de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
…….
Lo
urbano tiene muchas facetas, y por ello mismo es difícil su caracterización y
definición.
La
ciudad es al mismo tiempo la urbs, la civitas y la polis.
Es, en efecto, en primer lugar, el
espacio
construido, y que posee características morfológicas que, en general,
fácilmente podemos
reconocer
como "urbanas" (los edificios, las calles, una fuerte densidad de
equipamientos y
de
infraestructuras), es decir, todo lo que los romanos designaban con la
expresión urbs. Pero es
también
una realidad social constituida por los ciudadanos que viven en la ciudad, a lo
que los
romanos
aludían al hablar de la civitas. Y finalmente es la unidad
político-administrativa, del
municipio
al área metropolitana, es decir aquello a lo que los griegos se referían al
hablar de la
polis.
Abordar los problemas de la ciudad significa referirse a la vez a dimensiones
físicas,
sociales
y político-administrativas.
1. Los problemas de la urbs
El
espacio físico de la ciudad se extiende y se renueva sin cesar. Pero no debe
seguir
extendiéndose
de forma ilimitada, afectando de manera incontrolada al medio natural.
La
ciudad implica concentraciones de energía y de materiales, así como la
construcción
de
infraestructuras físicas que modifican de manera irreversible las
características del medio
natural,
con un impacto creciente sobre el mismo. Lo primero que hay que constatar es
que esa
extensión
es en parte necesaria, por el mismo crecimiento de la población urbana, y en
parte
superflua
porque se relaciona con las necesidades del mercado inmobiliario. El cambio y
la
reconstrucción
están en la esencia misma del capitalismo, que genera un proceso sin fin de
destrucción
e invención de nuevos productos, lo cual se aplica también a las ciudades, que
continuamente
se construyen y reconstruyen.
Las
necesidades de la producción masiva convierten a los objetos producidos en
mercancías.
La
sociedad de consumo se basa en la lógica económica de la producción, en la
obtención
de
beneficios y, por ello mismo, en la búsqueda de mercados entre una población
consumidora
en
aumento. Desaparece con ello la idea de permanencia de los objetos, y es el
cambio, lo
efímero
y la obsolescencia lo que gobierna la producción y el consumo. A partir de la
implantación
y
consolidación del sistema capitalista, todo lo que se construye está hecho para
ser
destruido
y para que el proceso de producción recomience una y otra vez. Marshall Bermann
lo
ha
percibido lúcidamente en un libro cuyo título (Todo lo sólido se desvanece
en el aire) retoma
una
frase de Marx en el Manifiesto comunista: "‘Todo lo sólido’ -desde
las telas que nos cubren hasta los telares y los talleres que las tejen, los
hombres y mujeres que manejan las máquinas, las casas y los barrios donde viven
los trabajadores, las empresas que explotan a los trabajadores, los pueblos y
ciudades, las regiones y hasta las naciones que los albergan- todo está hecho
para ser destruido mañana, aplastado o desgarrado, pulverizado o disuelto, para
poder ser reciclado o
reemplazado
a la semana siguiente, para que todo el proceso recomience una y otra vez,
es
de esperar que para siempre, en formas cada vez más rentables [...] Hasta las
construcciones
burguesas
más hermosas e impresionantes, y las obras públicas, son
desechables,
capitalizadas para una rápida depreciación y planificadas para quedar
obsoletas,
más semejantes en sus funciones sociales a las tiendas y los campamentos
que
a las pirámides de Egipto, los acueductos romanos o las catedrales
góticas".
Los
ejemplos de ello son numerosos. En una obra reciente titulada
significativamente La
destrucción creadora,
un autor ha señalado con referencia a las transformaciones de Manhattan
entre
1900 y 1940, que la ciudad "nunca está satisfecha consigo mismo, y está
continuamente
reconstruyendo".
Es
seguro que eso supone un gran negocio, que permite obtener gigantescos
beneficios
económicos.
Y es indudable que en esa construcción y reconstrucción continua se ganan a
veces
mejoras materiales sensibles en forma de nuevos edificios, nuevos estándares,
nuevas
instalaciones.
Pero también se pierde mucho. Un patrimonio edificado está siendo rapazmente
destruido,
y con ello desaparece para siempre una parte de la memoria histórica. Y un
parque
inmobiliario
construido se deja deteriorar en beneficio del negocio que supone la
construcción de
viviendas
nuevas.
La
ciudad, lo urbano, seguirá creciendo en todo el mundo, porque todavía hay
elevadas
cifras
de población campesina que en algunos países ascienden a más del 50 por ciento
de la
población
activa, cuando en los más desarrollados no supera el 10 por ciento. Pero no se
trata de
construir
más ciudad, sino una mejor ciudad; construir sin hacer edificios para la rápida
obsolescencia
y sin que estén al servicio de la lógica del consumo. Es decir, hay que dar
incentivos
para
el mantenimiento y la rehabilitación El parque construido debe mantenerse en la
medida
de
lo posible. Y en especial el centro histórico debe protegerse a toda costa, por
la importancia
que
tiene para la imagen de la ciudad y la identidad colectiva. Hay que poner a
punto, y
aplicar
decididamente, políticas de incentivo a la rehabilitación para conservar el
suelo y el patrimonio inmobiliario, con viviendas desocupadas y mal
conservadas. Aunque también hay problemas diversos que habrá que resolver para
actuar adecuadamente (problemas jurídicos, propiedades indivisas, propietarios
envejecidos, criterios para la intervención y protección, etcétera).
El
espacio social de la ciudad se construye en buena parte a través de la vivienda
y el
mercado
de la vivienda, y con la construcción de equipamientos e infraestructuras. El
mercado
de
la vivienda, que en nuestro país es muchas veces poco transparente, asigna las
personas al
espacio
en función de su nivel de rentas. Por ello contribuye a una fragmentación de la
ciudad,
que
algunos consideran cada vez más intensa. Por un lado, urbanizaciones para
grupos de
rentas
altas, exclusivas, cerradas, con equipamientos refinados que hacen la vida más
agradable
en
el alojamiento privado y en el cerrado espacio colectivo. Por otro la ciudad de
los pobres, los
cascos
antiguos degradados, las periferias marginales, la infravivienda. La ausencia
de construcción de viviendas sociales es general y clamorosa, y contribuye a
esa fragmentación y segregación.
Frente
a lo cual, se necesitan políticas públicas de vivienda, ya que cada vez parece
más
claro
a quien lo quiera ver que la mano invisible de los intereses
inmobiliarios no logra resolver los
problemas
de la escasez de viviendas y es incapaz de alojar convenientemente a la
población de
bajos
recursos.
2. Las posibilidades de la civitas
Las
ciudades son también los ciudadanos, y el uso que éstos hacen del espacio
construido.
Los
habitantes no se distribuyen homogéneamente sobre el espacio urbano. Hay
diferencias
socioespaciales,
que van desde los cambios de densidad, en una escala que se extiende desde
espacios
muy densos a otros con viviendas unifamiliares y baja densidad, a la misma
heterogeneidad social del espacio, desde los barrios de los ricos a los de los
pobres, cada uno con sus características diferenciadas.
Los
cambios en el mercado de trabajo están afectando de forma creciente a la misma
organización
de la ciudad. Los desplazamientos de empresas hacia la periferia, la inestabilidad
de
los contratos y el desempleo afectan a la residencia de los trabajadores. La
imposibilidad de
pagar
un domicilio propio, la inseguridad en la disposición de la vivienda, los
desplazamientos
diarios
cada vez mayores son rasgos de la vida metropolitana que acaban por afectar a
la calidad
de
vida de los ciudadanos. Los procesos de desconcentración de los municipios
centrales, así
como
el paralelo crecimiento de los municipios del entorno, convertidos en lugares
de residencia,
contribuyen
asimismo a la movilidad diaria al trabajo y a aumentar los problemas de tráfico
de los
habitantes.
La
ciudad es muy diversa social y culturalmente. Uno de los rasgos que
generalmente se
han
considerado en la misma definición de lo urbano es precisamente la
heterogeneidad de su
población.
Una heterogeneidad que es, en primer lugar, profesional y de habilidades, lo
que da a
la
ciudad unas ventajas sobre las de cualquier otro lugar. Pero también una
heterogeneidad de
actitudes,
de comportamientos.
Las
ciudades son desde el comienzo del desarrollo urbano espacios que han crecido
con
la
llegada de habitantes de afuera, es decir, lugares de inmigración. Lo cual se
acentúa todavía
más
hoy con las migraciones internacionales. La ciudad es un crisol donde se funden
las culturas
y
las razas. Pero eso requiere hoy tiempo, escuela pública, acceso al mercado de
trabajo y
a
los equipamientos sociales, así como objetivos sociales claros; requiere algún
tipo de consenso social sobre el tipo de sociedad que se desea construir. Todo
ello es difícil de conseguir con
movimientos
migratorios de gran movilidad, con redes transnacionales que vinculan
permanentemente a los que llegan con comunidades exteriores más que con la de
acogida, con conflictos por el mercado de trabajo, y con acceso desigual a los
servicios básicos. Es difícil de conseguir con comunidades divididas y
enfrentadas por razones religiosas, cuando las creencias no quedan reservadas a
la conciencia individual sino que se expresan públicamente en forma de
fundamentalismos
religiosos excluyentes, dando lugar a amenazas y enfrentamientos que hacen
imposible
la convivencia ciudadana.
3. La administración de la polis
La
ciudad es también un territorio y unos grupos sociales que, al igual que la polis
griega,
tienen
un ordenamiento jurídico. El territorio de la ciudad actual es en este sentido
muy complejo,
porque
está sometido a diversas instituciones.
…….
Estamos
ante transformaciones globales que afectan de forma decisiva a todos los
espacios,
y
también a las ciudades. Aunque el proceso de mundialización es antiguo, también
hay
aspectos
nuevos en la globalización. Las redes y las relaciones humanas, económicas,
financieras,
de
información, que se establecen a escala mundial son cada vez más densas, con
una
mayor
velocidad y tienen impactos profundos en la actividad y la vida social. Hoy no
se pone el
sol
en el flujo de informaciones, en la actividad económica, en los mercados
financieros, ya que
actúan
siempre en algún lugar de la Tierra, interconectados con los otros. Este mundo
ampliamente interconectado permite que se ejerzan poderosas influencias desde
lugares lejanos, y exige nuevas formas de regulación y de gobierno.
Hemos
de decir que las ciudades no están inermes ante esos procesos e influencias.
Tienen
-al igual que los estados- capacidad de resistencia y de imponer o defender sus
propios
intereses
y objetivos, siempre que éstos estén claros y no resulten contradictorios o
enfrentados
con
los de otras instancias, como ocurre a veces en España.
El
gobierno de la ciudad necesita de reglas jurídicas claras, de una voluntad
decidida para
su
cumplimiento, de una autoridad capaz de hacer acatar las normas. Es decir,
necesita de una
administración
publica eficiente.
………
Sin
duda el urbanismo es un proceso complejo. La administración pública debe
negociar
con
los diferentes agentes urbanos, cada uno de los cuales defiende sus propios
intereses, y
arbitrar
entre sus conflictos y diferencias. En realidad, esa ha sido la función
atribuida muchas
veces
al planeamiento. Pero esa negociación y arbitraje debe hacerse desde posiciones
de
fuerza
de la administración pública, con una legislación que permita a las
administraciones
presionar
para defender el bien común.
Tenemos
necesidad de integrar las políticas urbanísticas y las políticas económicas.
Por
ejemplo,
el urbanismo y las políticas que se refieren a la industria. Frecuentemente
encontramos
polígonos
industriales que se construyen y que no se desarrollan y a veces industria en
municipios
donde
no se había previsto. Lo mismo ocurre en lo que se refiere a las
comunicaciones. A
veces
los estudios y decisiones dependen de diferentes instancias e instituciones. Un
caso
clamoroso
es el de la construcción de autopistas y de desvíos, con decisiones que se
toman por
técnicos
del Ministerio de Fomento, normalmente ingenieros de caminos, y en
contradicción a
veces
con el planeamiento municipal. Las consecuencias de esos desajustes son con
frecuencia
graves
para el ordenamiento del territorio y la organización de la ciudad.
En
todo caso, es importante insistir en la necesidad de no vulnerar la normativa
urbanística
aprobada.
No pueden cambiarse a dedo la localización de equipamientos ya decididos. Los
casos
que se han producido en el pasado, y que todavía se producen con frecuencia,
deben ser
evitados.
En
este mundo todavía existen muchas áreas que escapan a la legalidad. Los
primeros
que
dan ejemplo de eso son los Estados Unidos, tratando de soslayar el ordenamiento
jurídico
internacional
que tan trabajosamente se está construyendo, intentando eludir los acuerdos de
las
Naciones Unidas, rechazando el Tribunal Penal Internacional. La ilegalidad, las
prácticas
ilegales
están todavía hoy presentes, en uno otro grado, en muchas partes, incluyendo la
construcción de la ciudad, hacia donde se canaliza una parte del dinero negro
que se genera y circula.
Hay
desde luego lugares más ilegales que otros, y son especialmente significativos
en este
sentido
los territorios aislados y con difícil presencia del Estado, como ciertos
sectores de los
Andes
o de la Amazonia, pero también los lugares donde hay un rápido flujo de
personas,
mercancías
y dinero, como las áreas turísticas, casa de juego, o los casinos, muchos de
ellos
relacionados
con el espacio urbano. Es sabido también que la promoción inmobiliaria permite
a
veces
el blanqueo de dinero negro. La lucha contra la ilegalidad en la ciudad debe
incluir también
esas
dimensiones.
4. Repensar la ciudad e imaginar alternativas
……………
Tenemos
necesidad de pensar e imaginar la ciudad en su conjunto, de manera integrada,
teniendo
en cuenta todas las dimensiones que hay en la ciudad y a las que hemos aludido,
es
decir
su carácter de urbs, de civitas, de polis. Eso es lo que
falta, urbanización, ciudadanía y
política.
La construcción de una ciudad mejor no es solo urbanismo (la construcción de un
entorno
habitable), es también civismo (espacios públicos, educación, escuela,
solidaridad...) y
política
(igualdad social, democracia, participación, predominio de los intereses
generales, control
por
la administración pública democráticamente elegida...).
No
ha de olvidarse nunca que la ciudad y el territorio se planifican para los
habitantes,
que
el continente se ha de organizar para el contenido, para que los ciudadanos
vivan mejor. El
planeamiento
debe servir para disminuir la segregación social y la exclusión. Lo cual debe
hacerse,
en lo que respecta al urbanismo, a través de la inversión pública y la
construcción de
equipamientos
accesibles a toda la población. Debe evitarse una ciudad fragmentada y
segregada.
…………..
Hemos
de defender el mantenimiento de una tradición urbana de espacio público
protegido
por
la normativa legal y por la administración pública. Pero también hemos de
recordar que el
espacio
público es de todos, no solo de la administración pública. Y en ese sentido
necesitamos
aprender
mucho en nuestros países de tradición latina y de individualismo exacerbado. El
desprecio que a veces existe ante lo público es clamoroso: gentes que tiran
basuras en la calle
(papeles, colillas...), perros que defecan
libremente en la acera ante la mirada indiferente de sus
dueños,
jóvenes que dejan asquerosas las calles y plazas con la práctica del botellón,
destrozos
del
mobiliario urbano como forma de protesta y tantos otras muestras de
comportamiento incivil
que
continuamente podemos observar. Ante todo esto hemos de reivindicar y difundir
formas de
civismo,
de colaboración y de solidaridad.
Hoy
el automóvil, las tecnologías de la información y la comunicación permiten la
relación
entre
personas situadas en espacios alejados, lo que puede hacerse a la vez que
existe una
incomunicación
con gentes que viven próximas. La proximidad social no está vinculada a la
proximidad
física; ésta no basta para crear lazos comunitarios. Pero, de todas maneras,
esa
proximidad
tiene sus ventajas que conviene potenciar: efectos de imitación y de
circulación de
información,
facilidad para el trato, homogeneización de comportamientos y facilidades para
la
convivencia.
Hemos de potenciar eso, la comunicación personal cara a cara, lo que no es
incompatible con el desarrollo simultáneo de comunidades virtuales.
La
demanda de servicios es ilimitada y crece sin parar, en sanidad, en servicios
asistenciales,
en educación...; lo cual es sin duda positivo, pero puede suponer un coste que
exige
no sólo recursos públicos sino también comportamientos cooperativos y
solidarios. Solidaridad y cooperación significa organizaciones solidarias y
cooperativas, del tipo de las que se
denominan
"no gubernamentales". Se trata de algo muy positivo, siempre que existan
controles
democráticos
de las mismas. Pero no es suficiente. Necesitamos también de administraciones
públicas
democráticas.
Se
ha de prestar mayor atención a la pobreza urbana y a los grupos marginales o
con
problemas
(jubilados, personas con discapacidades). Hay que pensar en la ciudad para los
niños,
para los viejos, para los minusválidos...
…..
Hay
que ser conscientes de que las medidas que se adopten para hacer una ciudad
mejor
no
pueden ser solamente urbanísticas. Son también de carácter político más
general: tiene que
ver
con el sistema fiscal progresivo que facilite recursos a las administraciones
públicas, con las
opciones
respecto a la escuela pública, la única capaz de formar en la convivencia; con
la
sanidad
pública, la única capaz de garantizar a todos los cuidados sanitarios y de
luchar eficazmente contra las enfermedades infecciosas que vuelven a
amenazarnos; con el control democrático de las decisiones, el único que
garantiza la igualdad y la justicia.
Hemos
de valorar el papel de los movimientos sociales. Hoy se alude a veces a la
tristeza
que
produce el comprobar la ausencia de una firme resistencia cívica, y "ver
como la democracia
pierde
calidad, pues ni los otrora activos movimiento sociales ni la tan agasajada
opinión pública
ni
casi nadie protesta o, al menos se cabrea", como ha escrito recientemente
un político socialista.
Lo
grave es que eso se dice, incluso en España, por dirigentes de partidos
políticos que en
su
momento contribuyeron a desarmar los movimientos vecinales. Los partidos de
izquierda
han
de adoptar una nueva actitud ante las formas de participación ciudadana, y
estar más
atentos
a los movimientos de carácter reivindicativo y las propuestas alternativas. La
participación
debe
convertirse en el elemento básico del urbanismo, de manera que garantice el
debate
público
y, a través de ello, el control de las decisiones que se toman.
……
Creo
que, a pesar de la evolución perversa que muchas veces podemos observar en
nuestras
ciudades,
a pesar de los signos alarmantes que percibimos, a pesar de las infames
estrategias
de
los que solo buscan su propio beneficio y desprecian el bien público, a pesar
de la
sumisión
de la ciudad a la lógica despiadada del capitalismo, a pesar de todo ello
podemos ser
optimistas.
Podría ocurrir que los centros comerciales, los parques temáticos, la aparente
fragmentación del espacio, incluso las urbanizaciones cerradas no sean
decisivos. Que se conviertan en complementos que diversificarán y enriquecerán
todavía más la oferta creciente que existe en la ciudad. Que a pesar de todo la
ciudad siga siendo un espacio para la libertad, la coexistencia, la
convivencia, la vida agradable y culta, la solidaridad.
La
ciudad puede resistir y sobrevivir. Resistir a los especuladores, a los vivos,
a los egoístas,
a
los políticos corruptos o incompetentes, a los técnicos engolados y soberbios
que se
consideran
depositarios exclusivos de la ciencia y el saber. Pero para ello es preciso que
actúe
la
política en el sentido amplio de este término, que el ordenamiento jurídico
democrático, la
normativa
urbanística y los órganos de gestión defiendan el interés público. Pero también
hace
falta
el compromiso social y la acción decidida por parte de los residentes, de los
ciudadanos. Si
este
compromiso, la solidaridad y la idea de convivencia no existen, difícilmente
sobrevivirá. La
aceptación
de la diversidad y de los beneficios de la interacción, la defensa crítica y
consciente
de
los valores ciudadanos sociales y políticos es esencial para todo ello.
Son
muchos los problemas existentes. Sobre algunos de ellos el presente número de
la
serie
MEDITERRÁNEO ECONÓMICO pretende apuntar vías para la reflexión y el debate.
Esperemos que contribuya verdaderamente a ello, porque solo del debate y de la
presentación de alternativas puede llegar la solución a los problemas que tiene
la ciudad, entendida en su triple dimensión de urbs, de civitas y
de polis.
No hay comentarios:
Publicar un comentario