EL TEMOR OBSTACULIZA LA CREATIVIDAD
LILIAN ARELLANO RODRÍGUEZ
Producto de la realización creativa, el
ser humano asciende, se realiza; es lo que se llama "éxtasis", a
menudo confundido con las fuertes sensaciones de vértigo que llevan al ser
humano por una caída, decadencia, desmoronamiento... Ya sin voluntad, dominado
por pasiones que lo esclavizan, sub-yugado, cae al vacío... Una vez más
Alfonso López Quintás nos aclara:
"Sobrevolemos esta breve
descripción. El proceso de vértigo es falaz y traidor: nos promete, al
principio, una vida intensa y cumplida, y nos lanza súbitamente por una
pendiente de excitaciones crecientes, que no hacen sino apegarnos al mundo
fascinante de las sensaciones (nivel 1) y alejarnos irremediablemente de la
vida creativa y del ideal de la unidad (niveles 2 y 3).
http://www.jp2madrid.org/jp2madrid/documentos/coleccion_educar_amor/EDUCAR_09015.pdf
Puesto que somos conscientes de la realidad, de nuestra existencia y de
los riesgos que ella implica, es normal que muchas veces sintamos miedo. Se
trata de miedos sanos que nos alertan y nos permiten inteligentemente
“pre-ocuparnos” y “pre-venir”, esto es, idear estrategias para salvar las
circunstancias que realmente pueden ser peligrosas y que sólo a un inconsciente
no le llevarían al ser precavido. Así, propio del ser humano es sentir un sano
miedo ante el riesgo real y, propio del mismo ser humano, es dominar el propio
miedo para inteligente y creativamente superar los reales riesgos y no dejarse
dominar por ellos. Enfrentar nuestros miedos, tomar conciencia de ellos,
analizar su sentido y evaluarlos, tomar medidas inteligentes y llevarlas a cabo
con férrea voluntad.
Lo anterior, nos lleva a distinguir entre miedos sustentados en la
realidad o miedos patológicos que requerirán no sólo de educación, valentía y
creatividad sino de la colaboración de profesionales especializados:
enfermedades como las fobias, angustias, ansiedades, paranoias, ataques de
pánico y otras… van más allá de un aprender a enfocar de forma valiente,
prudente, esperanzadora y creativa la existencia.
¿Cuándo un miedo es sano? Cuando se asocia a situaciones objetivamente peligrosas que se
confrontan y aparece en forma proporcional al posible y real peligro. Así, en
la medida que lo peligroso cesa, el saludable miedo también desaparece.
“El miedo normal a un peligro concreto se puede controlar (…): en mi ordenador
mental, no utilizo mi programa de miedo para ir de compras en mi barrio, pero
lo activo si me voy a la selva o a un barrio peligroso de noche.” (André,
Christophe “Psicología del miedo: Temores, angustias y fobias”. Ed Kairos;
Barcelona, 2012, P. 21).
El miedo, como toda emoción, aparece en forma súbita, no voluntaria; lo
que nos corresponde hacer una vez surgido es controlarlo… “El miedo es bueno
para sobrevivir. Saber controlar el miedo es bueno para la calidad de
vida y para la inteligencia” (Ibíd. 31) Ansiedad, angustia, pánico,
terror pueden surgir como alerta que requerirán de nuestra creatividad no sólo
para dominarlos como emociones o estados de ánimo; sino para idear como
enfrentar en forma efectiva los reales riesgos y no dejarnos estar que nos
impedirá la felicidad. Precisamente, nuestro Psiquiatra Sergio Peña y
Lillo, nos asegura:
“…las mismas actitudes necesarias para una vida feliz son las que
permiten el vencimiento del temor y – a la inversa- los supuestos
erróneos que subyacen al miedo son los que impiden el logro de la felicidad”.
(Sergio Peña y Lillo. “Temor y Felicidad”. Ed. Universitaria. Chile, 2008.).
Más adelante, Peña y Lillo aclara: “el valor no consiste en la ausencia
de miedo sino en su vencimiento y sumisión a los dictados de la conciencia
ética y a la prudencia de la razón. Lo que sí ocurre es que el miedo y
sus actitudes subyacentes son la raíz genética de la infelicidad, ya que es el
temor el que bloquea los impulsos espontáneos de la voluntad y lo que, en
definitiva, impide la realización plena y feliz de la vida humana” (ibíd. P.
24)
Las actitudes que subyacen al temor –según nuestro Psiquiatra-
pueden esquematizarse en cuatro fundamentales, que denomina::
1. La Anticipación Imaginaria
2. La Contaminación del Presente con el Pasado
3. La Resistencia al Sufrimiento
4. El Deseo y la Ambición
Así, Sergio Peña y Lillo, a través de su libro entrega una serie de
conocimientos que trascienden la psiquiatría pues son necesarios para todo ser
humano que desee, normal y sanamente, ser feliz. Aunque él relaciona el
temor con la felicidad, en nuestro caso, lo vincularemos con la falta de
creatividad; pues quien no vence el temor a fracasar, a hacer el ridículo, a
ser traicionado, a la soledad, a errar, a ser herido, a la muerte, al dentista,
a los violentos embates de la naturaleza, al terrorismo, a la delincuencia y
corrupción, a la inestabilidad laboral, a las enfermedades, al envejecimiento,
al alejamiento de quienes amamos… quienes no vencemos con fecundidad la
existencia, no venceremos los retos de la vida. Creatividad moral,
afectiva, intelectual, social, corporal, fe, esperanza… vencerán nuestro temor
a traicionar nuestro ser persona única, íntima, que libremente establece
vínculos de comunión diversa (amistad, compañerismo, familia, ciudadanía…),
asume principios con los que se compromete, sirve vocacionalmente, labora, cultiva,
construye, habita, celebra, juega, cree, se perdona y perdona, respeta lo
respetable y tolera lo tolerable, ama… Veamos brevemente las actitudes
que debemos superar para enfrentar con inteligencia creativa nuestros temores:
1. La Anticipación Imaginaria:
“tendencia a vivir no en el presente, sino en una proyección
fantástica hacia el futuro, lo que abre un horizonte incierto donde es posible
el riesgo y la amenaza.” (Ibíd. P. 24)
No se trata aquí de la sana, normal y necesaria proyección intelectiva
que debemos hacer para proyectar en forma inteligente y responsable nuestra
vida: La imaginación precisamente nos permite pre-ocuparnos, pre-ver,
pre-venir, pro-yectarnos. Nos imaginamos que en tantos años más podremos
ejercer profesionalmente y esa imaginación nos permite elaborar –creativamente-
un proyecto de vida: estudiar para seguir la profesión anhelada, postular a una
beca en el extranjero para tener experiencias imaginadas, adquirir un paraguas
antes de que llueva… Debemos tener propósitos, trazar proyectos y para ello
usar la imaginación en forma equilibrada, razonable y creativa.
El problema es exacerbar una imaginación ansiosa expectante,
fantástico-monstruosa, sólo negativa, esperando siempre algo desagradable;
nutriéndose emocionalmente sólo de situaciones de pérdidas, fracasos, riegos,
amenazas, traiciones:
“En la ansiedad expectante del miedo y de la angustia, no se pre-ve sino
se pre-vive lo temido” (Ibíd. P. 86) y, a tal punto, que el temor “desorganiza
la ejecución de los actos y puede aún, en condiciones extremas, paralizar por
completo la conducta” (Ibíd. P. 87). Se trata de una especie de capacidad
destructiva, aniquilante… Curiosamente, dice Peña y Lillo, “esta especie de
capacidad creadora del temor es, en cierto modo, paralela a la de la fe, pero
de signo contrario. La fe, como experiencia psíquica, es la esperanza de
un bien que se desea y el miedo su contrapartida, la expectación de un mal que
atemoriza” (Ibíd. P. 87)
Esta ansiedad imaginaria negativa, atrapa nuestra conciencia, sometiéndola a un mundo de temor, de angustia, que le provoca, al mismo tiempo, una especie de fascinación donde ya no hay un intentar salir de ese mundo. Lo paradojal, añade nuestro psiquiatra, es que esta anticipación imaginaria nace del pasado: “de la suposición de que volverá a ocurrir lo que ya ha ocurrido”. (Ibíd. P. 88-89) Veámoslo.
2. La Contaminación del Presente con el Pasado:
“es
una exageración emocional de la memoria que lleva a suponer que volverá a ocurrir
lo que ya ha ocurrido, impidiendo la percepción ingenua y directa de la
experiencia.” (Ibíd. P. 25)
Se trata de una inclusión ilegítima de las experiencias pasadas. La
memoria – como en el caso anterior la imaginación, nos impide ver la realidad.
La hipermnesia (memoria excesiva y exagerada) puede transformarse en un factor
limitante de la plenitud de la experiencia psíquica del presente y futuro,
impidiendo una correcta y sana visión de los mismos. Sin memoria no
tendríamos conciencia de una identidad que subyace y trasciende los
acontecimientos de nuestra historia de vida, tampoco entenderíamos el presente
ni podríamos reflexionar para proyectar responsablemente nuestro futuro.
El peligro es ser esclavo de los recuerdos, del pasado emocional:
“La memoria están necesaria como perjudicial para la manifestación de la
compleja potencialidad de la conciencia del hombre; y si bien sostiene y da
continuidad al pensamiento, también lo limita y lo aprisiona, debilitando la
curiosidad y el asombro, elementos esenciales de su actividad creativa. (…)
En realidad, el psiquismo sólo debiera apoyarse en la memoria, pero sin
permitir que ésta lo aprisione en el recuerdo. Lo creativo, en
cualquiera de las áreas de su manifestación, es siempre una intuición de lo que
aún no ha sido configurado y surge, precisamente, desde ese fondo del psiquismo
que puede ser bloqueado por la memoria. Hemos dicho que sin el
pasado no son comprensibles el hombre ni su historia, pero la fuerza dinámica
de la creatividad de la conciencia no está en la memoria sino en la percepción
de lo novedoso y de lo original” (Ibíd. P. 94-95)
Debemos vivir las experiencias presentes, vivenciar lo único de ellas,
lo que las distingue de toda otra anterior y futura o no viviremos realmente…
No pensaremos sino prejuzgaremos, cerrados a veces en edades muy
tempranas… Hay tanta vida no vivida, tanta vida muerta… decía Vicente
Huidobro. Hay tanta incomunicación, desolación, incapacidad de encuentro
consigo mismo y con los demás… Vidas llenas de malezas que impiden que
den sanos frutos; malezas sembradas por otros en mentes a veces infantiles,
llenas “de conversaciones, de prejuicios y de normas aprendidas que pudieron
ser útiles en su infancia o juventud, pero que ahora entorpecen la plenitud de
la vida adulta”. El envejecimiento del alma, no tiene que ver con el paso
cronológico de los años. Hay vidas juveniles ya mustias, cerradas, no
creativas, no abiertas al asombro, a lo original de cada experiencia aún no
vivida… Desesperanzado, deprimido, sin creatividad, el ser humano –cualquiera
sea su instrucción y edad- dará la espalda al presente y futuro; no quedándole
más alternativa que someterse a la ficción de paisajes y horizontes
fantasmagóricos que intentan repetir tiempos ya no existentes…
“Quien no hubiera tenido experiencias ingratas o dolorosas difícilmente
podría concebir el temor (…) para superar el miedo el hombre debe ser capaz,
primero de dar la espalda a su pasado y, por así decirlo, “saltar más allá de
su propia sombra”; esa sombra que hace percibir tinieblas donde ya hay sólo
luz” (Ibíd. P. 94) Por algo en el cine, para que el espectador sienta
temor, tristeza, soledad, abandono, se usan colores sombríos, tinieblas; es
más, para hacer aparecer la figura monstruosa más grande más temible,
se alargará su sombra… lo que no es.
3. La Resistencia al Sufrimiento:
“es el rechazo del dolor inevitable de toda existencia y
supone una conciencia pusilánime ante la adversidad que impide al hombre
la aceptación irrestricta de su vida y que, paradojalmente, a través de una
especie de círculo vicioso, origina por sí misma la desdicha que pretende
evitar”. (Ibíd. P. 25)
El miedo al dolor nos acobarda ante los retos y sufrimientos
propios de toda vida. Madurar, educarse, perfeccionarse como persona,
consolidarse, implica unir la fuerza de la voluntad, el amor a la razón.
Sócrates decía que ser sabio era “vencerse a sí mismo”, esto es,
superarse día a día, superar las debilidades, el miedo a sufrir. La
película biográfica “Shadowlands” (Tierra de sombras), expone muy bien el miedo
a sufrir y a amar del famoso filósofo, teólogo y escritor C.S. Lewis -conocido
masivamente por sus Crónicas de Narnia, experto en el amor y el dolor.
Debe vencer su miedo y para ello aceptarlo:
“saber de qué están hechos y explorarlos paso a paso, para así poder
develar su contenido y significado. Al aceptar el temor no sólo tiende a
desvanecerse, sino que además se convierte en experiencia enriquecedora y en
madurez personal (…) El dolor y el sufrimiento son reales y sería absurdo
intentar negarlos. (…) Aprender a ser hombre requiere comprender el sentido del
dolor…” (Ibíd. P. 103).
Es entonces cuando aparece la salvadora esperanza, la
providencia, el que todo tiene un sentido que a lo mejor aún no
percibimos y la certeza de que cada dolor superado nos va haciendo cada vez más
fuertes. Muchas veces nuestro dolor evita o disminuye el dolor de
otros. Ahora bien, para quien es persona de fe, el dolor tiene un sentido
superior, es prueba o forma parte de un plan divino que en un principio el ser
humano no entiende pues es oscuro para la razón pero no para la fe. Para
quien no tiene fe, el dolor se entiende bajo el amparo del amor…
Vivimos una época de calmantes para el dolor, de diversas formas obtener placer químico o físico, ofrecidos como sucedáneos comprables de una supuesta felicidad. Al huir del dolor, del sacrificio, huimos de la posibilidad de amar y de soñar, de anhelar, de la superación de obstáculos que nos fortalece. La creatividad se esfuma entre el humo y las sombras de la inmediatez del placer o del mero pasar y el temor se esconde bajo la apariencia del bullicio, la ira, el abandono, la negligencia, el pasotismo, la desvinculación o el escondrijo del anonimato.
4. El Deseo y la Ambición:
“En realidad, sólo podemos sentir temor ante lo que atesoramos, sea la
vida, la salud, la seguridad, la compañía, el amor propio, el éxito o el
prestigio persona. El miedo no es sino la vertiente cóncava de la
esperanza y la propia etimología del vocablo ansiedad designa,
indistintamente, la impaciencia por lo temido y por lo anhelado” (Ibíd P. 107 –
108)
Es el deseo como querer, como posesión, como ambición, como dominio, lo
que hace al hombre anhelar y al mismo tiempo temer perder lo adquirido: poder
económico, social, político, fama… Todo rebajado al nivel de producto, cosa,
medio, utilidad, negocio… Placer, poder y prestigio, son las tentaciones que
desbordan los deseos y ambiciones más allá de los justos anhelos y del
amor. Se trata, dice Peña y Lillo, de “la lucha del hombre contra las
proyecciones de su propia sombra, que no es sino su luz interior interceptada y
que ya no ilumina lo que debiera iluminar”. (Ibíd. P. 116). Es la
traición del ser que somos por el tener, la traición del amar –fuente de felicidad-
por la egolatría.
No confundamos la proyección del ser en la obra que expresa todo lo que
el ser puede ofrecer de sí a través de una existencia que es dedicada; con el
mero compra venta que negocia su ser a la mejor ganancia… “deben
diferenciarse los deseos inferiores, que sólo anhelan la posesión de bienes
materiales o el dominio de los otros y los deseos superiores, que buscan el
crecimiento y el desarrollo pleno de la personalidad” (Ibíd. 112)
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